Día después.
Parece que todo ha sido un sueño.
¡Qué lejos me siento de ayer!.
Lo único que me obliga a creer que fue verdad es este regusto extraño, que no sé identificar, que lleva acompañándome desde que bajé los pies a tierra esta mañana.
Me llené de actividad para tratar de quitarme esta sensación de encima. Fuí a mirar el mar. Eso siempre da resultado. Tampoco lo conseguí. Sigue conmigo. Y mucho me temo que me va a acompañar durante un tiempo. No sé si más o menos largo. Como algo que se ha recuperado. Como algo que ya no se comprende.
¿Como algo que se puede volver a perder por olvido o por dejadez o por distancia?.
El árbol de mango no requiere de riego y rechaza los incendios; una plantación de mangos difícilmente podría quemarse durante la época de sequía. Es un árbol agresivo con otras especies para ocupar un espacio determinado.Su época de cosecha presenta un "pico" en el mes de mayo en las latitudes subecuatoriales del hemisferio norte ya que en este mes es cuando se inician las lluvias en estas latitudes, por lo que toda la maduración de los frutos se produce en los meses de mayor sequía.
miércoles, 24 de abril de 2013
martes, 23 de abril de 2013
VOLVER O REGRESAR, QUE NO SÉ SI ES LO MISMO
Volver al Origen.
Me sentí perdida.
En ciertos momentos, incluso, como si estuviera de más.
No encontraba mi sitio. Era como volver a casa y sentir que ya no era tu hogar. Que ya no pertenecías. Que habías perdido tu silla, como en el juego infantil.
Desorientada.
Me costó re - descubrir lo antiguo. Lo había olvidado casi todo.
Re- aprender a andar por los caminos (se me había olvidado volver), hacer callar a los perros (que a pesar de no conocerme, parecieron reconocer mi olor). Haciendo de nuevo los oídos a las palabras. El olfato, al olor de los campos, del ganado, del mar...La cabeza, a su forma de entender el tiempo, el ritmo, la vida...La vida que parece haberse detenido en aquellas piedras. Es distinto. Las cosas han cambiado. La gente ha cambiado. Pero parece como si el tiempo se hubiese detenido allí. El silencio. El mar, que parece una pintura de fondo, como un decorado irreal.
Y de repente, esas tazas de café cargado. Las sillas que vuelan para hacernos sitio. Las mismas bromas. El reencuentro. Las risas. La cocina inmensa llena de gente. La vuelta de los recuerdos. La misma imagen de siempre. Todos juntos. No. Falta alguien por llegar. Tengo la impresión que va a hacerlo de un momento a otro. De vez en cuando, el silencio que nadie se atreve a romper. Tal vez llegue más tarde. Todos tenemos la sensación de ausencia. La nuestra, la de tanto tiempo, la de ellos, la nueva: la de él. Y vuelven las risas y los te acuerdas. Y las miradas cómplices.
Las ganas de echar a correr. De escapar de nuevo. Pesa demasiado todo este día, todos estos años. Él no va a aparecer y sin embargo, está aún ahí, como antes.
Nos ha hecho volver. Sabiendo que no iba a poder estar. Con todas estas mochilas de cosas. No nos ha quedado más remedio que sentarnos, parar el tiempo, mirarnos hasta reconocernos, tomar el café, recordar, reír aún sin querer, sentir lo mucho que nos hemos echado de menos, llorar (por él, por todo lo bueno y lo malo en que no queríamos pensar)...
En una palabra, nos ha "obligado" a volver a casa. A veces, aunque no nos parezca, es necesario.
Gracias T.
Me sentí perdida.
En ciertos momentos, incluso, como si estuviera de más.
No encontraba mi sitio. Era como volver a casa y sentir que ya no era tu hogar. Que ya no pertenecías. Que habías perdido tu silla, como en el juego infantil.
Desorientada.
Me costó re - descubrir lo antiguo. Lo había olvidado casi todo.
Re- aprender a andar por los caminos (se me había olvidado volver), hacer callar a los perros (que a pesar de no conocerme, parecieron reconocer mi olor). Haciendo de nuevo los oídos a las palabras. El olfato, al olor de los campos, del ganado, del mar...La cabeza, a su forma de entender el tiempo, el ritmo, la vida...La vida que parece haberse detenido en aquellas piedras. Es distinto. Las cosas han cambiado. La gente ha cambiado. Pero parece como si el tiempo se hubiese detenido allí. El silencio. El mar, que parece una pintura de fondo, como un decorado irreal.
Y de repente, esas tazas de café cargado. Las sillas que vuelan para hacernos sitio. Las mismas bromas. El reencuentro. Las risas. La cocina inmensa llena de gente. La vuelta de los recuerdos. La misma imagen de siempre. Todos juntos. No. Falta alguien por llegar. Tengo la impresión que va a hacerlo de un momento a otro. De vez en cuando, el silencio que nadie se atreve a romper. Tal vez llegue más tarde. Todos tenemos la sensación de ausencia. La nuestra, la de tanto tiempo, la de ellos, la nueva: la de él. Y vuelven las risas y los te acuerdas. Y las miradas cómplices.
Las ganas de echar a correr. De escapar de nuevo. Pesa demasiado todo este día, todos estos años. Él no va a aparecer y sin embargo, está aún ahí, como antes.
Nos ha hecho volver. Sabiendo que no iba a poder estar. Con todas estas mochilas de cosas. No nos ha quedado más remedio que sentarnos, parar el tiempo, mirarnos hasta reconocernos, tomar el café, recordar, reír aún sin querer, sentir lo mucho que nos hemos echado de menos, llorar (por él, por todo lo bueno y lo malo en que no queríamos pensar)...
En una palabra, nos ha "obligado" a volver a casa. A veces, aunque no nos parezca, es necesario.
Gracias T.
sábado, 20 de abril de 2013
EL RETORNO DE TAHAR BEN JELLOUN
No debe ser fácil irse.
Pero tampoco debe ser nada fácil volver.
Mas si la vida se ha hecho en otra parte, si las costumbres propias han cambiando o se han "mixturizado", si las rutinas nada tienen que ver, si el tiempo es otro y los hijos ya no son de aquí ni de allí, si uno mismo ya no encuentra hogar en ningún lado.
TAHAR BEN JELOUN es un escritor marroquí. En su libro EL RETORNO nos habla de Mohamed, un hombre marroquí, próximo a jubilarse de la fábrica en la que lleva trabajando 30 años, en Francia.
Él nunca se ha apartado de sus costumbres y de su religión. Se siente un invitado en su patria adoptiva. Sus hijos han nacido en Francia. Están aún más lejos de él que el propio Marruecos, al que sueña con regresar una vez jubilado. No entiende a sus hijos. Le duelen. Retorna a su pueblo y se construye una gran casa para acogerlos a todos. En este su retorno, casi siempre en primera persona, nos va contando sus pensamientos, sus reflexiones sobre la vida en Francia, la vida de los inmigrantes como él, de las 2ª y 3ª generaciones de "hijos de nadie", de su país de acogida, de su país de origen, del Islam, de su vuelta a la que siempre consideró su casa...
Pero tampoco debe ser nada fácil volver.
Mas si la vida se ha hecho en otra parte, si las costumbres propias han cambiando o se han "mixturizado", si las rutinas nada tienen que ver, si el tiempo es otro y los hijos ya no son de aquí ni de allí, si uno mismo ya no encuentra hogar en ningún lado.
TAHAR BEN JELOUN es un escritor marroquí. En su libro EL RETORNO nos habla de Mohamed, un hombre marroquí, próximo a jubilarse de la fábrica en la que lleva trabajando 30 años, en Francia.
Él nunca se ha apartado de sus costumbres y de su religión. Se siente un invitado en su patria adoptiva. Sus hijos han nacido en Francia. Están aún más lejos de él que el propio Marruecos, al que sueña con regresar una vez jubilado. No entiende a sus hijos. Le duelen. Retorna a su pueblo y se construye una gran casa para acogerlos a todos. En este su retorno, casi siempre en primera persona, nos va contando sus pensamientos, sus reflexiones sobre la vida en Francia, la vida de los inmigrantes como él, de las 2ª y 3ª generaciones de "hijos de nadie", de su país de acogida, de su país de origen, del Islam, de su vuelta a la que siempre consideró su casa...
"¿Por qué no nos querrán? ¿Qué hemos cometido que sea tan terrible para que parezcamos sospechosos y nos maltraten a veces por la calle? (...)¿Qué podemos hacer?. Que se nos vea lo menos posible, somos expertos en no hacernos notar. No levantamos la voz, ni siquiera cuando cometen una injusticia o se comportan de un modo racista con nosotros; no queremos líos. ¿Qué hay que hacer?. ¡Desaparecer!. Dejar de existir, volvernos transparentes y seguir trabajando. Para ellos sería lo ideal: estar aquí, mostrarnos útiles, eficaces pero sin que se nos vea, sin tener hijos, sin cocinar con esas especias nuestras que despiden olores que molestan. ¿Qué podemos hacer para ser lo más discretos posible y trabajar como si no existiéramos? . Hace tiempo, al menos cuando yo llegué, no se hablaba de nosotros, estábamos en unos barrios de tránsito, en unas ciudades-dormitorio y nunca íbamos al centro pero, con la llegada de nuestros hijos hemos hecho ruido. Mucho ruido".
"No olvides de dónde vienes, de dónde vienen tus padres, es importante, adonde vayas no olvides nunca que tu país de origen está inscrito en tu cara, está ahí, lo quieras o no. Yo nunca he dudado de mi país pero vosotros no sabéis de qué país sois, sí, decís que sois "fransauis", debéis de ser los únicos que lo creeis. ¿Te imaginas a un policía tratándote como a un francés cien por cien?. Sí, si vas al tribunal, el juez te dirás que eres francés, está obligado a ello, pero él piensa que eres un extranjero, o bien un bastardo. Se diría que Francia ha tenido un montón de hijos con una mujer de fuera y que ésta se olvidó de declararlos, es curioso, de todas formas, no lo tendréis fácil".
martes, 16 de abril de 2013
PORQUOI
Hace tiempo que llevaba buscando un pequeño corto de la fotógrafa Ouka Leele.
Habla sobre el Congo. Esto me extrañó. Habla una mujer congoleña: Caddy Adzuba, periodista de Radio Okapi Bukavu (una de las regiones del este de RDC en frontera con Rwanda y donde el conflicto del país está más enraizado). Esto me extrañó aún más.
Al fin, lo conseguí.
Es duro. Sólo Caddy, en una habitación oscura e imágenes de agua. Muestra estas imágenes para descansar de las palabras. En los momentos precisos.
Conozco la historia. Podría estar hablando de ella más de 3 ó 4 horas. Ella sólo utiliza 18 minutos. No hay más que decir.
Lo comparto...
http://vimeo.com/62816781
Habla sobre el Congo. Esto me extrañó. Habla una mujer congoleña: Caddy Adzuba, periodista de Radio Okapi Bukavu (una de las regiones del este de RDC en frontera con Rwanda y donde el conflicto del país está más enraizado). Esto me extrañó aún más.
Al fin, lo conseguí.
Es duro. Sólo Caddy, en una habitación oscura e imágenes de agua. Muestra estas imágenes para descansar de las palabras. En los momentos precisos.
Conozco la historia. Podría estar hablando de ella más de 3 ó 4 horas. Ella sólo utiliza 18 minutos. No hay más que decir.
Lo comparto...
http://vimeo.com/62816781
domingo, 31 de marzo de 2013
ADNs
De todos los temas varios sobre los que he escrito hay uno (me he dado cuenta) que nunca he tocado. Me apena porque parece como si no me importase, como si no fuera una parte fundamental y esencial de mí misma. Hablo de todo, incluso de lo que no sé demasiado pero para los sentimientos soy un ser nulo, no sé qué hacer con ellos, cómo manejarlos, dónde ponerlos, cómo mostrarlos...
Nunca he hablado de mis ADNs. Nunca he dado las gracias por ellos. Es una deuda que tengo pendiente. Y no me gusta andar debiendo por ahí...
De las montañas. La fuerza y la constancia que hacían a aquellos hombres y mujeres duros como las mismas rocas que los rodeaban. Nunca flaqueaban porque no podían permitirselo, no había tiempo: estaban demasiado ocupados en poder sobrevivir.
La creatividad de un carpintero idealista e inquieto. El desparpajo de una "matrona" a la que la habían cualificado únicamente las decenas de partos a los que había asistido, sus hábiles manos y su conocimiento sobre las plantas del valle (que por desgracia he perdido). Una joven viuda con demasiadas bocas que alimentar y el coraje necesario para hacerlo (no siempre desde los métodos más ortodoxos) en una época en la que ser mujer, madre, de pueblo y sin recursos eran como ser una apestada en los tiempos de enfermedad. Su famosa frase de "pobres y delicados, difícil tarea" (poco más o menos) aún perdura hasta hoy en el argot familiar. También su obsesión con los rezos y los curas. Rezó tanto (supongo que por aferrarse a algo que le diera esperanza) que aunque 4 ó 5 generaciones de su linaje no cumplan con los mandatos católicos estaremos igualmente salvados gracias a ella...Un marido que se murió demasiado joven y que enfermó demasiado pronto. No guardo demasiados recuerdos. Sólo un afán viajero que lo llevó a Argentina desde su pequeño pueblo en la primera mitad del siglo.
De las otras montañas con olor a mar y a "allende los mares" sólo me queda la imagen de mujeres. Matriarcas orondas que hacían desaparecer con su carisma a sus propios maridos. Siempre me los imagino muy pequeños a su lado. De hecho, caigo en la cuenta ahora, de que no sé apenas nada de esos hombres. Sólo sus nombres y alguna vieja foto de uno de ellos. Forjaron un pueblo y una familia. Descendientes que se perdieron en varios continentes. Mujeres de campo, que se criaron viendo el mar a lo lejos y hablando una lengua con la que parecían cantar constantemente. Mujeres risueñas a pesar de su fuerza y del trabajo duro.Tal vez fuera el mar la que las hacía menos hurañas que a las otras. Una de ellas trajo al mundo a nada más y a nada menos que a 20 hijos. Nunca consiguió tenerlos a todos sentados a la mesa al mismo tiempo. A mí misma me cuesta recordar todos sus nombres y su orden cronológico.
Y en este punto llegamos a épocas más recientes. Más conocidas. Vividas.
De Pepe: la "bondaz enfermiza" que antepone a los demás antes que a uno mismo y que no siempre acaba con el resultado esperado. El pronto fácil, que a una sonrisa se me olvida, pero que me hace saltar como si tuviera resortes.
De María, los "cálculos" sopesando todas las opciones, buscando caminos, atajos favorables, midiendo recursos. La memoria de lo antiguo, las viejas historias, las tradiciones...
De Santiago: Supongo que la tozudez. Pero sobre todo el humor, reirse de mundo, de los demás, de uno mismo, de lo malo, de lo bueno...
De Rosario: Me hubiera gustado decir que la calma y la tranquilidad con la que se tomaba la vida y la manera tan sencilla cómo lo afrontaba todo, dejandose fluir. Pero no puedo mentir. Ella me inculcó el amor a la comida, a la cocina. La sencillez como arte. Cuando ando entre fogones, anda a mi lado, soplándome los trucos al oído.
De mi madre. El esfuerzo y la constancia. Aunque tengas que intentarlo mil veces, hazlo porque al final el trabajo y el esfuerzo darán sus frutos. A veces sí y otras veces no (pero esto no me lo dijo) y me quedé sólo con la esencia. Pero fundamentalmente el amor. Un amor desmedido que lo abarca todo; incluso aunque trates de resistirte. Y el sacrificio. Fundamental para esto tiempos que corren. Aunque nunca me lo pareció.
De mi padre. El amor a la lectura, a descubrir, a investigar, a desentrañar misterios, a viajar, a mezclarme, a tener una mente abierta, a comprender, a pensar, a argumentar. Sobre todo, la coherencia. Y en contrapartida, la organización y planificación, que él aborrece y que gracias a ello, yo adoro.
De aquí parto, de aquí nazco... así soy. Así debo ser.
Lo demás, me lo fuí encontrando.
Nunca he hablado de mis ADNs. Nunca he dado las gracias por ellos. Es una deuda que tengo pendiente. Y no me gusta andar debiendo por ahí...
De las montañas. La fuerza y la constancia que hacían a aquellos hombres y mujeres duros como las mismas rocas que los rodeaban. Nunca flaqueaban porque no podían permitirselo, no había tiempo: estaban demasiado ocupados en poder sobrevivir.
La creatividad de un carpintero idealista e inquieto. El desparpajo de una "matrona" a la que la habían cualificado únicamente las decenas de partos a los que había asistido, sus hábiles manos y su conocimiento sobre las plantas del valle (que por desgracia he perdido). Una joven viuda con demasiadas bocas que alimentar y el coraje necesario para hacerlo (no siempre desde los métodos más ortodoxos) en una época en la que ser mujer, madre, de pueblo y sin recursos eran como ser una apestada en los tiempos de enfermedad. Su famosa frase de "pobres y delicados, difícil tarea" (poco más o menos) aún perdura hasta hoy en el argot familiar. También su obsesión con los rezos y los curas. Rezó tanto (supongo que por aferrarse a algo que le diera esperanza) que aunque 4 ó 5 generaciones de su linaje no cumplan con los mandatos católicos estaremos igualmente salvados gracias a ella...Un marido que se murió demasiado joven y que enfermó demasiado pronto. No guardo demasiados recuerdos. Sólo un afán viajero que lo llevó a Argentina desde su pequeño pueblo en la primera mitad del siglo.
De las otras montañas con olor a mar y a "allende los mares" sólo me queda la imagen de mujeres. Matriarcas orondas que hacían desaparecer con su carisma a sus propios maridos. Siempre me los imagino muy pequeños a su lado. De hecho, caigo en la cuenta ahora, de que no sé apenas nada de esos hombres. Sólo sus nombres y alguna vieja foto de uno de ellos. Forjaron un pueblo y una familia. Descendientes que se perdieron en varios continentes. Mujeres de campo, que se criaron viendo el mar a lo lejos y hablando una lengua con la que parecían cantar constantemente. Mujeres risueñas a pesar de su fuerza y del trabajo duro.Tal vez fuera el mar la que las hacía menos hurañas que a las otras. Una de ellas trajo al mundo a nada más y a nada menos que a 20 hijos. Nunca consiguió tenerlos a todos sentados a la mesa al mismo tiempo. A mí misma me cuesta recordar todos sus nombres y su orden cronológico.
Y en este punto llegamos a épocas más recientes. Más conocidas. Vividas.
De Pepe: la "bondaz enfermiza" que antepone a los demás antes que a uno mismo y que no siempre acaba con el resultado esperado. El pronto fácil, que a una sonrisa se me olvida, pero que me hace saltar como si tuviera resortes.
De María, los "cálculos" sopesando todas las opciones, buscando caminos, atajos favorables, midiendo recursos. La memoria de lo antiguo, las viejas historias, las tradiciones...
De Santiago: Supongo que la tozudez. Pero sobre todo el humor, reirse de mundo, de los demás, de uno mismo, de lo malo, de lo bueno...
De Rosario: Me hubiera gustado decir que la calma y la tranquilidad con la que se tomaba la vida y la manera tan sencilla cómo lo afrontaba todo, dejandose fluir. Pero no puedo mentir. Ella me inculcó el amor a la comida, a la cocina. La sencillez como arte. Cuando ando entre fogones, anda a mi lado, soplándome los trucos al oído.
De mi madre. El esfuerzo y la constancia. Aunque tengas que intentarlo mil veces, hazlo porque al final el trabajo y el esfuerzo darán sus frutos. A veces sí y otras veces no (pero esto no me lo dijo) y me quedé sólo con la esencia. Pero fundamentalmente el amor. Un amor desmedido que lo abarca todo; incluso aunque trates de resistirte. Y el sacrificio. Fundamental para esto tiempos que corren. Aunque nunca me lo pareció.
De mi padre. El amor a la lectura, a descubrir, a investigar, a desentrañar misterios, a viajar, a mezclarme, a tener una mente abierta, a comprender, a pensar, a argumentar. Sobre todo, la coherencia. Y en contrapartida, la organización y planificación, que él aborrece y que gracias a ello, yo adoro.
De aquí parto, de aquí nazco... así soy. Así debo ser.
Lo demás, me lo fuí encontrando.
sábado, 30 de marzo de 2013
UN DOMINGO CUALQUIERA EN UNA BIBLIOTECA ¿DE KIGALI?
He retornado a mi vieja biblioteca. Hacía años que no la visitaba. De hecho, ni siquiera sabía que mi carnet seguía en regla. Volví a pasear entre sus estanterías, oliendo el familiar olor que me recordó a no pocos viernes, en la época en la que me escondía del mundo (o el mundo se escondía de mí).
Como siempre, me sorprendió una "joya" con la que no contaba.
Estoy en mi época de francofilia así que me fuí directamente al pasillo "francés", buscando algo de algún escritor africano (como es mi línea últimamente).
"Un domingo en la piscina en Kigali" llamó de repente mi atención. Era un libro pequeño, de unas 200 páginas y hablaba del país vecino. Me sorprendió que su autor fuera un canadiense y encima blanco. Un tal Gil Courtemanche del que nunca había oído ni una sola palabra. Periodista experto en política internacional, corresponsal en distintos países de Oriente Medio y África. Ésta era su primera novela, decía la contraportada.
Aparecía una foto suya en cuatro encuadres superpuestos. Me impresionó su cara surcada de arrugas, como hechas a pico y pala. Sus ojos. Un rictus raro en la boca. Me pareció que tenía cara de bonachón, a pesar de ser canadiense, blanco, escritor y residente en Kigali (eternos enemigos). Tenía una cierta actitud de cansancio, de esto que ves es lo que hay, te guste o no.
Decidí llevármelo. Hablaba del genocidio del 94, de amor, de la verdad mezclada con demasiada poca ficción (como descubrí más tarde).
Como siempre, me sorprendió una "joya" con la que no contaba.
Estoy en mi época de francofilia así que me fuí directamente al pasillo "francés", buscando algo de algún escritor africano (como es mi línea últimamente).
"Un domingo en la piscina en Kigali" llamó de repente mi atención. Era un libro pequeño, de unas 200 páginas y hablaba del país vecino. Me sorprendió que su autor fuera un canadiense y encima blanco. Un tal Gil Courtemanche del que nunca había oído ni una sola palabra. Periodista experto en política internacional, corresponsal en distintos países de Oriente Medio y África. Ésta era su primera novela, decía la contraportada.
Aparecía una foto suya en cuatro encuadres superpuestos. Me impresionó su cara surcada de arrugas, como hechas a pico y pala. Sus ojos. Un rictus raro en la boca. Me pareció que tenía cara de bonachón, a pesar de ser canadiense, blanco, escritor y residente en Kigali (eternos enemigos). Tenía una cierta actitud de cansancio, de esto que ves es lo que hay, te guste o no.
Decidí llevármelo. Hablaba del genocidio del 94, de amor, de la verdad mezclada con demasiada poca ficción (como descubrí más tarde).
Me costó. Debo confesarlo. A veces no era capaz de leer más que dos páginas al día. Otras necesitaba parar, asomarme a la ventana para respirar y tragarme todas las arcadas que me producían sus palabras. No logré quitarme ni un solo momento la enorme bola de angustia que se formó en mi barriga. De repente, cuando no leía, me venían a la cabeza decenas de imágenes,dd ya podía estar duchándome, conduciendo, cocinando, trabajando, hablando con alguien, riendo...Me bombardeaban los colores y las imágenes. No era que yo las hubiese imaginado a medida que iba leyendo sino que eran imágenes reales, que nunca quiero ver pero que siempre se cuelan por algún resquicio para obligarme a saber, a ser plenamente consciente de que mi minimisa lucha debe seguir aunque no cambie nada, aunque a nadie le importe. A parte del horror evidente, encontré la esperanza. Mi lucha no vale nada, lo sé. Pero también sé que hay otras luchas como la mía. Y se suman más y más. De forma individual. De David contra Goliat. Contar la verdad. Hablar. No callar aunque los vómitos me puedan, aunque el asco se apodere de mí. Hablar de los muertos, de los sentenciados, de las imágenes que no quiero/queremos ver. Pero sobre todo hablar de los vivos. Del por qué. Del quién. Con miedo. Sin él. Porque mi angustia no llega a ser ni siquiera del tamaño de una gota de agua en comparación con cada uno de sus días, de sus vidas...Porque yo no cuento. Pero mi pequeña voz sí. Cada vez que alguien escucha, que alguien descubre...
El cruzar ciertas fronteras duele, arrasa, marca. Atravesar ésta lo hizo pero me reafirmó aún más. Me dio más miedo y más esperanza. Me dio aún más fuerza.
"¡Qué idiota soy! Es necesario que haya diez mil
muertos africanos para que un blanco, por progresista que sea, pestañee. Ni
siquiera diez mil es suficiente. Y además no son muertes hermosas sino de las
que avergüenzan a la humanidad. No se enseñan los cadáveres despedazados por
los hombres y comidos por los carroñeros y los perros salvajes. Pero las
tristes víctimas de la sequía, los vientres hinchados, los ojos más grandes que
la pantalla, los niños trágicos de la hambruna y de los elementos, eso sí puede
conmoverlos. Y entonces se forman comités, y los humanitarios actúan y se
movilizan. Afluyen los donativos. Los niños ricos, animados por sus padres,
rompen la hucha. Los gobiernos, al percibir cómo sopla el viento cálido de la
solidaridad popular, se embrollan hablando de ayuda humanitaria. Pero cuando
son hombres como nosotros los que matan a otros hombres como nosotros y lo
hacen con toda la brutalidad de la que son capaces, con los medios a su
alcance, entonces se ponen una venda en los ojos. Y cuando son hombres
inútiles, como estos de aquí...."
martes, 12 de febrero de 2013
¿DÓNDE ESTÁ AHORA LA DIFERENCIA?
Se acerca de nuevo el "tiempo de mangos" y aquí cada vez hace más frío. Un frío intenso que cala hasta los huesos haciéndose un nido en ellos, como si tuviese intención de instalarse en ellos un largo tiempo. La lluvia constante no ayuda mucho.
Guerras inventadas de traen muertos allá lejos. Muertos sin guerras aparentes, a los que les quitan algo menos material que lo que habita en una casa acá cerca. Papas que renuncian (¿a la fé?¿al poder?¿a los fieles?¿a sí mismos?). Políticos que no lo hacen, a pesar de que muchas voces se lo piden. Ladrones que andan sueltos e inocentes que cumplen surrealistas condenas. Niños soldado allá lejos. Niños sin futuro acá cerca. Esclavos a cielo abierto. Libres sin trabajo...
Al final, no creo que sea tan diferente. Excepto por la brutalidad y los millones de muertos a los que nadie mira (o nadie se atreve a mirar) porque no nos sentimos identificados con ellos. Otro mundo, otra cultura, otro país, otro continente. Otro color. "No hay color" - decíamos antes. Pero ahora ni siquiera eso cuenta porque todo es una cuestión de tintes, de matices, de "mechas". Al final nos hemos tintado del mismo color: del de la podredumbre (económica, social, política, educativa, sanitaria, laboral...moral!!!!). Es difícil escapar de eso.
Ahora ya no somos expatriados (aunque nosotros sigamos considerándonos así por no perder el hilo de dignidad que aún parece quedarnos).
Somos inmigrantes. A veces (cada vez más) incluso molestos para los otros. Como antes otros lo fueron para nosotros.
Ahora ya no nos vamos por "afán aventurero" (aunque haya políticos que sigan creyéndoselo).
Huimos.
Del paro. De la privatización. De la falta de oportunidades. De la mediocridad. De la corrupción. De los telediarios (sí, tengo la firme convicción de que después de ver un telediario el primer impulso es hacer las maletas). Del "suelo de cristal" que pisamos y que en cualquier momento puede precipitarnos a un abismo impensable (no hace tanto). De la falta de futuro. De la falta de esperanzas. De una justicia injusta. De una cultura inculta. De una política apolítica. De nosotros mismos. De lo que fuimos y, sobre todo, de en lo que vamos camino a convertirnos (y nos aterroriza).
No somos tan diferentes.
Ellos saltan vallas, conducen miserables barcazas, se inventan otra vida en una tarjeta de embarque hacia el paraíso.
Nosotros atravesamos fronteras inexistentes, pagando peajes, para escapar de nuestro "paraíso" particular antes de que sea demasiado tarde. No nos es necesario inventarnos otras vidas porque ya nos parece que tenemos bastante con la nuestra. No entendemos qué ha podido pasar. Casi nos parece surrealista. A veces, incluso nos entra la risa floja.
Antes eramos parte de los "ricos". Ahora nos empeñamos en no ser el pariente pobre.
Es duro aceptarlo. Al menos en tan poco tiempo. Tan de sopetón.
Ellos ya lo tienen asumido. Juegan con ventaja en ese aspecto. Un lastre menos.
¿Dónde está ahora la diferencia?
Guerras inventadas de traen muertos allá lejos. Muertos sin guerras aparentes, a los que les quitan algo menos material que lo que habita en una casa acá cerca. Papas que renuncian (¿a la fé?¿al poder?¿a los fieles?¿a sí mismos?). Políticos que no lo hacen, a pesar de que muchas voces se lo piden. Ladrones que andan sueltos e inocentes que cumplen surrealistas condenas. Niños soldado allá lejos. Niños sin futuro acá cerca. Esclavos a cielo abierto. Libres sin trabajo...
Al final, no creo que sea tan diferente. Excepto por la brutalidad y los millones de muertos a los que nadie mira (o nadie se atreve a mirar) porque no nos sentimos identificados con ellos. Otro mundo, otra cultura, otro país, otro continente. Otro color. "No hay color" - decíamos antes. Pero ahora ni siquiera eso cuenta porque todo es una cuestión de tintes, de matices, de "mechas". Al final nos hemos tintado del mismo color: del de la podredumbre (económica, social, política, educativa, sanitaria, laboral...moral!!!!). Es difícil escapar de eso.
Ahora ya no somos expatriados (aunque nosotros sigamos considerándonos así por no perder el hilo de dignidad que aún parece quedarnos).
Somos inmigrantes. A veces (cada vez más) incluso molestos para los otros. Como antes otros lo fueron para nosotros.
Ahora ya no nos vamos por "afán aventurero" (aunque haya políticos que sigan creyéndoselo).
Huimos.
Del paro. De la privatización. De la falta de oportunidades. De la mediocridad. De la corrupción. De los telediarios (sí, tengo la firme convicción de que después de ver un telediario el primer impulso es hacer las maletas). Del "suelo de cristal" que pisamos y que en cualquier momento puede precipitarnos a un abismo impensable (no hace tanto). De la falta de futuro. De la falta de esperanzas. De una justicia injusta. De una cultura inculta. De una política apolítica. De nosotros mismos. De lo que fuimos y, sobre todo, de en lo que vamos camino a convertirnos (y nos aterroriza).
No somos tan diferentes.
Ellos saltan vallas, conducen miserables barcazas, se inventan otra vida en una tarjeta de embarque hacia el paraíso.
Nosotros atravesamos fronteras inexistentes, pagando peajes, para escapar de nuestro "paraíso" particular antes de que sea demasiado tarde. No nos es necesario inventarnos otras vidas porque ya nos parece que tenemos bastante con la nuestra. No entendemos qué ha podido pasar. Casi nos parece surrealista. A veces, incluso nos entra la risa floja.
Antes eramos parte de los "ricos". Ahora nos empeñamos en no ser el pariente pobre.
Es duro aceptarlo. Al menos en tan poco tiempo. Tan de sopetón.
Ellos ya lo tienen asumido. Juegan con ventaja en ese aspecto. Un lastre menos.
¿Dónde está ahora la diferencia?
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