lunes, 8 de diciembre de 2014

INVENTANDO LEYENDAS...LA DEL ESPACIO VITAL, POR EJEMPLO

                                                       LA BODA DE SAN JORGE - DANTE GABRIEL ROSSETTI


Algunas personas no soportan la cercanía de los demás. Rehuyen su contacto físico, salvaguardan su espacio vital. Se defienden cómo pueden de sus “invasores” tratando de no parecer descorteses, aunque se adivina su incomodidad de “invadidos”. Estas sutilezas dan pie a silencios demasiado silenciosos y a caras de estupor disfrazadas de tensas sonrisas. Situaciones incómodas, al fin y al cabo.
¿Nunca os habéis preguntado por qué sucede esto?

Cuenta la leyenda que un joven caballero tuvo que partir lejos de su país, dejando atrás todo aquello que conocía: su tierra, su familia, su labor…y por supuesto, a su amada. Las circunstancias de ser un segundón sin patrimonio a heredar obligaban.
Ella quiso partir con él, ser su compañera de viaje, sufrir las mismas miserias y disfrutar las mismas aventuras. Juraba que no le importaba.
El mozo no tuvo el valor para aceptar. O tal vez, podríamos decir, tuvo demasiado: quiso ahorrarle los pesares y las fatigas que – estaba seguro – el camino del exilio traería consigo. No sería capaz de mirarla a la cara sucia de polvo, reseca de sol. Los pies magullados, los miembros doloridos. El alma cansada de rodar vagando, preguntándose por qué, para qué. Y finalmente, la decepción y el desencanto en sus ojos. No sería capaz de enfrentarse a ello.
Pero todo esto se lo guardó para sí el muchacho, cerrado a buen recaudo en su corazón. Lo hizo así, bien porque no sabía jugar con las palabras para conseguir expresarlo, bien por temor a que lo tomaran por un débil o un cobarde.
Se limitó a negarse, imperturbable, y sin más, partió con la única compañía de su caballo.
Como él temía, el camino fue escabroso (incluso más de lo imaginado). Supo que había hecho bien al no ceder a sus impulsos de dejarse convencer por la joven. Necesitó toda la fuerza que tenía (y a veces, hasta de la que carecía) para enfrentarse y salir medio airoso de los mil peligros que le iban acechando. Estaba cansado. Demasiado largo. Demasiado fatigoso. ¿Cómo hubiera podido ella aguantarlo?¿Cómo hubiera soportado él verla sufrir?.
Lo único que lo consolaba eran las largas conversaciones imaginarias que mantenía con ella, que le hacían más liviano el viaje, y la sentía como si cabalgara a su lado.

Mientras tanto, ella se acostumbró a la soledad. Al principio, para esconder su pena: prefería estar sola para llorar a gusto, para desmoronarse y volver a crearse solícita y sonriente, resignada. No quería que nadie la juzgara y mucho menos, que la compadecieran.
Más tarde, fue el hábito lo que hacía que buscase estar sola. Se había acostumbrado a mantener largas conversaciones, como si él todavía estuviese allí. Imaginaba sus respuestas, sus ingenios para hacerla reír, sus galanterías…Tanto se empeñó en pensarlo a su lado que al final hasta logró sentirlo como si realmente lo estuviera. Ya no le hablaba sólo en sus ratos de ocio y soledad sino en cualquier momento del día o de la noche, no fuera a olvidarse de lo que tenía que contarle. A veces reían sin parar. Él la hacía reír. A veces, se le escapan unas lágrimas traicioneras (que nada tenían que ver con la tristeza por su partida, como creían todos) por algunas discusión de enamorados que habían tenido porque también tenían sus desencuentros.
Lo importante era que él no se había ido, que seguía a su lado tal como había prometido. Cogido de su mano, todo el tiempo. Aunque nadie fuera capaz de verlo, aunque nadie lo creyera.
Por ello, ella protegía el espacio que él ocupaba con desesperación, no fuera que alguien lo dañara de forma inconsciente e involuntaria. Mantenía con todos las distancias. Caminaba como si llevara un perímetro de seguridad a su alrededor. Se intimidaba ante la proximidad de los otros. Huía de las multitudes, que suponían un peligro para el frágil espacio vacío que caminaba a su lado. Se aisló como si viviera en un pequeño islote, ajena al resto.
Empezaron a pensar que estaba loca, que había perdido la razón por la pena que la partida del muchacho le había producido. Él nunca había vuelto a buscarla.
 Ella se reía. ¿Cómo iba a estar loca, triste siquiera, si él siempre había estado a su lado, si nunca se había ido?.
¡Pero cómo! ¿No lo habían visto ellos con sus propios ojos?¿Qué había sido aquello entonces: una alucinación, una tomadura de pelo?
Ella no supo responderles. Sólo se agarró más fuerte a su mano, como hacía siempre que estaba nerviosa. Se aferró más fuerte al espacio que todos creían vacío. Él le sonrió para infundirle ánimos, para darle vida. Una nueva vida. Por fin.

Por eso, el espacio que nos rodea se llama “espacio vital” porque contiene a un ser querido que nos acompaña para que no nos sintamos solos y perdidos, que nos insufla esperanza y vida. Pero sólo los ojos más adiestrados consiguen verlo. El resto sólo ve un espacio vacío. Sin más.
Es por ello que algunas personas se empeñan en proteger, como si la vida les fuera en ello, su espacio vital de invasiones externas, para evitar que en un descuido alguien lastime a su “sombra”.


Fin

lunes, 1 de diciembre de 2014

TIRANDO DEL HILO...CORDELIA Y EL REY LEAR (MADOX BROWN)




CONVERSACIONES TRAS LAS CORTINAS

“Míralos. Un viejo rey, mi señor, enfermo de locura o arrepentimiento. ¿De qué puede quejarse un hombre que lo tiene todo: techo donde cobijarse, cama caliente, la panza y la despensa llena de ricos manjares por los que no debe preocuparse, tierras y hombres que lo mantienen y lo alientan, soldados dispuestos a dar la vida en su nombre por protegerlo a él y a sus privilegios..? ¿De qué puede dolerse un hombre así, para estar postrado, a la vista de todos, cual vagabundo, pidiendo a gritos la muerte?
¿Qué sabrá él, viejo e inútil mentecato?.
El aburrimiento y esa vida tan plena es lo que lo enferma, lo mata, lo desquicia.
¿Y ella? ¿Qué la hace diferente al resto de mujeres?¿Su color sonrosado de matrona despreocupada y satisfecha?¿Sus manos finas que no conocen labor? ¿Sus ropas elegantes?.
Es menos soberbia que sus hermanas pero eso no la hace mejor ni más digna que nadie.
¡Si yo los pillara! ¡Si yo los pillara a ambos iban a ver de qué era capaz este soldado ignorante y muerto de hambre! ¡Voto a Dios que si yo tuviera el valor…!”

Pero…¿qué es ese sonsonete constante que se mete en mis oídos, taladrándome la cabeza y los pensamientos?.
¡Ay! Este compañero de guardia, que arrastro como una cruz, y que la fortuna me ha endosado para colmar mi paciencia y enervarme: chistes, cotilleos tabernarios, broncas de vino y rosas…Una y otra vez…Y otra…
¿Qué diablos puede importarme eso a mí ahora, que estoy pensando en cómo cambiar los órdenes establecidos (de pensamiento, eso sí, ya que no puedo permitirme hacerlo de acción)?

-         ¡Maldito rufián. Malandrín. Cállate de una vez! – gruño en susurros.

Para contrariado, sorprendido de que no me interesen sus marujeos soldadescos, congelado el gesto de su mano afeminada…


¿Quién iba a decirnos que esa imagen pasaría a la Historia y nosotros, dos simples nadies, con ella?

TIRANDO DEL HILO...AURORA DEL ALBORNOZ V2

“Al fin se fue. Y sin atacar. Todo ello resulta ahora un tanto extraño…”

Siempre juraba que nunca me dejaría, que debía cuidarme y protegerme como un tesoro. Nunca tuve claro (ni siquiera ahora) si lo motivaba el amor o eran más bien los votos que había hecho el día que nos casamos y que implicaban una norma más que debía cumplir.
Él era una persona extremadamente estricta y normativa, vivía comprimido dentro de un reglamento en el que casi cualquier cosa estaba regida por una norma que no se podía saltar, bajo ningún concepto y casi ninguna excepción.
No le gustaban ni los riesgos ni el peligro. Ni siquiera las sorpresas, porque no era capaz de controlarlas. La rutina era para él como la tabla a la que un náufrago se agarra para salvar la vida. Como una brújula que le marcaba el camino recto, sin atajos,  que debía seguir para no perderse y llegar, finalmente, a buen puerto.
Cualquier cambio brusco e inesperado en su día a día le dejaba perdido, a la deriva, sin hacer pie en ese inmenso océano que era la vida a su alrededor.
Todo estaba pautado y no era raro encontrarse cronogramas de lo más diverso, en cualquier inesperado lugar por el que él hubiera pasado.
“La organización es vital para optimizar el tiempo y, por tanto, la vida” – solía decir.
Porque ¿qué era la vida para él?. Simplemente una sucesión de tiempos organizados.
Al principio, eso era lo que más me gustaba de él. Me hacía sentir segura. Nunca pasada nada no previsto (salvo alguna rara excepción) así que podía relajarme, vivir tranquila, dejarme ir…sin demasiadas preocupaciones ni responsabilidades. Él se encargaba de que todo fuera fácil y sencillo dentro de unos órdenes establecidos.
Supongo que entonces, en esa modorra cotidiana en la que pasaba los días, era feliz, me sentía feliz, tal como estaba planeado.
De repente, sin nada concreto o importante que lo desencadenara, empecé a asfixiarme.
Primero vinieron los sudores fríos, en mitad del caluroso verano, a las que no les dí la menor importancia.
Luego, una especie de ataques de pánico que me dejaban paralizada y exhausta por un esfuerzo físico que no era consciente de haber realizado.
Más adelante, invisibles espasmos que me llevaban a cometer “pequeños terrorismos cotidianos”: ir a comprar el día que no tocaba, salir sola para deambular sin rumbo fijo, no llegar a tiempo para preparar la cena a la hora exacta, cambiar la cita del dentista o de la peluquera, cancelar una cena con amigos, pasar la aspiradora el día de descanso…Rebeldías nimias, que no me hacían sentir ni mejor ni peor, pero que sabía que a él le exasperaban; a pesar de que aguantaba estoicamente sin decir nada: ni una sola palabra, ni un solo reproche. Que él iniciara una discusión ya lo tenía yo descartado desde el principio de mis “boicots” pues era algo que no podía planearse, ni tampoco sabíamos como hacerlo. Pero yo no perdía la esperanza de que me sorprendiera.
Cada vez iba a más, me volvía más osada e intrépida, hasta el punto de desorganizar por entero los horarios y hábitos establecidos durante años de convivencia. No creo que fuera la maldad lo que me empujaba a torturarlo así (porque yo sabía que para él eso era una especie de tortura china). Quizá sólo me movía el hastío, las ganas de romper de un manotazo la tela de araña perfecta que había tejido a mi alrededor de forma pausada y concienzuda (con mi placentero consentimiento además), bien para cuidarme y protegerme, como decía él o bien para atraparme en ella y que no pudiera escapar, como empezaba yo a sospechar.
Me volví cada vez más perfeccionista, más elaborada, más sutil.
Él nunca dijo nada. Sólo ponía esa cara como de niño desamparado y huérfano, perdido sin saber qué hacer y sin entender por qué y para qué.
Hasta que un día, al despertar, ví que ya no estaba. Al fin se había ido. Sin atacar siquiera. Tan propio de él.

Me sentí orgullosa de encauzarle a hacer algo que nunca había previsto. Aunque a su manera, el que hubiera roto sus sacrosantas rutinas por mí era el mayor acto de amor por su parte. Estaba asombrada. Al fin había reaccionado. Entonces lo amé como nunca.


Aurora de Albórnoz (1926 -1990) fue una escritora, ensayista, crítica literaria y profesora española, de origen asturiano y "trasnterrada" por la Guerra Civil, junto con su familia, desde su Luarca natal (Asturias) a Puerto Rico para volver más tarde a España.
Desconocida prácticamente como escritora en España; es hoy casi una odisea encontrar alguna de sus obras (todas descatalogadas): Prosas de París, Cronilíricas, Palabras desatadas, Palabras reunidas...o Por la primera blanca, obra a la que pertenece este "hilo" del que tirar...

TIRANDO DEL HILO....AURORA DE ALBORNOZ V1

Y d“Al "Al fin se fue. Y sin atacar. Todo ello resulta ahora un tanto extraño…”

Y decepcionante, pienso yo.
Precisamente ella: la paladina de la lucha (pero de la LUCHA con mayúsculas), como solíamos llamarla en broma.
La que lo anteponía todo (nada era nunca más importante) por las causas a las que se agarraba con fiereza y en las que se embarcaba con un fervor casi religioso (aunque no le gustara mucho esta definición mía).
Para ella nunca era bastante. Siempre nos quedábamos cortos de batallas, de victorias, de causas, de vivos, de muertos, de…Nunca hacíamos lo suficiente: no creíamos lo suficiente, no empatizábamos lo suficiente, no nos involucrábamos lo suficiente…Nada de lo que hiciéramos era lo bastante bueno o impactante o definitivo.
Ni siquiera tenía piedad con los que se dejaban algo más que la vida en el combate, en esa eterna guerra de guerrillas en la que vivíamos y de la que vivíamos. Los consideraba una especie de “traidores involuntarios” (ni siquiera les daba el triste honor de considerarlos “daños colaterales” y desprenderlos de una culpa que nada tenía que ver con ellos). Decía que se habían dejado abatir en una mala acción, que no habían puesto el suficiente empeño en burlar al enemigo (como si fuera algo que ellos, o nosotros - los que quedábamos vivos y bien librados-, hubiéramos podido controlar, como si morir matando hubiera sido una fatídica voluntad propia y no un macabro error de cálculo.
Muchos la consideraban implacable, y más que respetarla, la temían. Otros tantos pensaban que, de tan excesiva, “implacable” era un término que se le quedaba pequeño.
Había un tercer bando, en el que debo incluirme, que creía que simplemente era más humana, más sola, más vacía y más débil que cualquiera de nosotros. Se encubría a sí misma, no se dejaba ver, se disfrazaba de exigente, de perfecta combatiente, nunca flaqueaba, no se perdonaba una ni se relajaba nunca. Lo hacía así porque la lucha era lo único que le quedaba y no quería fallar y verse sin nada, sola; así que se entregaba (y nos entregaba) con lo único que tenía para dar: su vida (y las nuestras). Lo hacía como una especie de “sacrificio ritual”, perfecto y sin tachas, ejemplo y obra para la posteridad.
Era una “suicida eterna”: ataque, contra-ataque, defensa…
Con lo único que no contábamos (supongo que ni ella  ni por supuesto nosotros) era con un temor oculto, enterrado y que era más fuerte que ella misma, que su lucha, que su entrega…: su miedo a la muerte.
Por ello, ahora no resulta extraño que, cuando la Santa llamó tranquilamente a su puerta, el día más soleado y caluroso que por aquí  se recuerda en mucho tiempo (tal vez para romper el tétrico tópico que une oscuridad y muerte), ella se encogiera sobre sí misma como un bebé, sin presentar batalla, sin un triste amago de ataque siquiera, yendo en contra de lo que se había auto-impuesto a sí misma durante toda su vida y lo que, en su defecto, nos había enseñado (e impuesto férreamente) a todos nosotros.
Tal vez la venció el cansancio de una vida mísera y vacía (en contra de lo que se empeñaba en demostrar).
Tal vez quiso probar, por una vez, el abandono total, la laxitud imperfecta (pero llena de plenitud) de un abrazo (por muy frío que éste pudiera ser).
Tal vez se diluyó en la lucha por los demás y prefirió rendirse en su propia batalla, en la que el enemigo era ella misma, porque ya no le quedaba ni siquiera la esencia.
Se dejó ir como la niña obediente y sumisa que nunca fue, en contra de la mujer que había sido. Pero sobre todo, cuando al fin se fue, sin atacar siquiera, nos dejó a todos con un palmo de narices: desengañados, decepcionados y vacíos de convicción sin ella, que todo lo llenaba (aunque fuera de reproches). Parecía que ya nada tenía sentido porque era ella la que se lo daba. Pero  ya no estaba. Ya no tenía ni autoridad física ni moral sobre nosotros.
Al fin nos quedamos solos, cada uno metido en sí mismo y todos haciéndonos la misma pregunta: ¿seguimos atacando o paramos y nos rendimos?



Aurora de Albórnoz (1926 -1990) fue una escritora, ensayista, crítica literaria y profesora española, de origen asturiano y "trasnterrada" por la Guerra Civil, junto con su familia, desde su Luarca natal (Asturias) a Puerto Rico para volver más tarde a España.
Desconocida prácticamente como escritora en España; es hoy casi una odisea encontrar alguna de sus obras (todas descatalogadas): Prosas de París, Cronilíricas, Palabras desatadas, Palabras reunidas...o Por la primera blanca, obra a la que pertenece este "hilo" del que tirar...

lunes, 10 de noviembre de 2014

SOY BLANCA ¿Y QUÉ?

Nunca creí que tendría que escribir esto porque nunca lo había visto como algo necesario ni problemático. Tal vez ni siquiera lo es y esto sea sólo producto de mi activa imaginación, no lo sé...

Últimamente me voy encontrando allá por donde voy con el tema de lo AFRO: discusiones, opiniones, post, artículos...
Panicada (del verbo paniquer) hasta la última fibra de mi cuerpo asisto sorprendida a una serie de comentarios y actitudes que hacen que me sienta un poco incómoda, hasta incluso fuera de lugar, como si tuviera una bota pegada a mi culo a punto de lanzarme al blanco espacio exterior en cualquier momento. Es una sensación personal e intransferible, nada más. Y no la entiendo.

No soy capaz de comprenderlo porque yo estoy ahí voluntariamente, porque así lo he decidido de forma consciente, porque me interesa el tema, porque (por suerte o desgracia) lo vivo y lo sufro, porque me siento involucrada en él, porque quiero que sea de mi incumbencia, porque yo también quiero conocer la Otra Historia (la que nadie nos contó, la que nos ocultaron por omisión o disfraz), porque quiero preguntar y que alguien me expliquen lo que no sé o lo que no entiendo, porque quiero saber, porque quiero hablar de mis experiencias y conocer las de los otros, porque no quiero caer en los mismos errores y quiero hacerlo mejor (con todo el conocimiento de causa que sea posible), quiero reivindicar, luchar codo con codo por lo que es justo (simplemente), quiero COMPARTIR para CREAR, por muy ingenuo o utópico que suene.
Pero resulta que soy BLANCA (o me ven blanca porque recuerdo que mis genes asturianos, según reciente estudio ciéntifico, tienen una importante carga africana, o sea ¿afro? aunque mi piel no lo deje traslucir). No pinto nada allí porque es necesario reivindicarse como AFRO y yo no lo soy, a la vista está.

Tienen razón: no soy negra ni mulata ni mestiza ni afro-descendiente ni afro-americana ni afro - española ni siquiera africana. Soy blanca (a veces hasta demasiado, sobre todo en invierno) y parece que eso actúa como toda una declaración de intenciones en mi contra.
Yo no tengo que reafirmarme ni reivindicarme como blanca porque todos mis jodidos ancestros ya lo hicieron por mí durante generaciones y generaciones, por los siglos de los siglos. Amén.
A sangre y fuego ha quedado "grabado" (que en ningún caso demostrado; más bien al contrario) la "superioridad" de los blancos con multitud de ejemplos y formas (que no creo necesario mencionar aquí porque de sobra son conocidos).

Es cierto (y soy yo la primera en gritarlo a los cuatro vientos) que es más que necesario recuperar esos siglos, esas generaciones y esas Historias perdidas (o mejor debo decir: robadas), reafirmándose y reivindicándose.
¿Por qué? Porque el marketing y la publicidad de los dominadores en estos siglos de Historia ha dejado en muchos una huella difícil de borrar y ha creado un imaginario colectivo (propio y ajeno) que debe ser re-construído de forma inteligente casi desde los cimientos. Como pueblo, como comunidad...creo que es un deber y hasta una obligación borrar esas "huellas" y ponerse en valor. Es casi un deber la concienciación, la emponderación, el contra-marketing, elevar la verdad (por muy dolorosa que sea), el levantamiento e incluso la revolución de lo AFRO. Pero siento que es un deber y una obligación por parte de todos los miembros de la sociedad, sean como sean, sean quienes sean.
Con esto no hablo de lo AFRO como moda (pasajera o peremne): llevar un peinado, vestir un wax o comer durante un tiempo en un restaurante burkinabés y vetar la tortilla de patata porque no es afro.
Hablo de algo distinto: de formas de vida, de compromisos (aunque sea mucho pedir que éstos sean eternos), de una lucha paciente y sin cuartel, que probablemente deje muchos muertos en el camino (virtuales o reales, en el peor de los casos).
Creo firmemente en la no - injerencia externa, en que cada pueblo tenga la libertad de auto - gestionarse sin que nadie le imponga las directrices a seguir (aunque sólo sea como un "consejo de aliado"), en la no infantilización que es un grado de inferiorización, en dejar ya de lado las-buenas-voluntades-que-matan porque a la vista está que son un agujero negro en todos los sentidos (que no sólo no soluciona sino que genera más problemas).
No estoy a favor de la discriminación positiva (porque no deja de ser una forma de discriminación pero con palmaditas en la espalda) sino de la JUSTICIA SOCIAL y la REPARACIÓN: ESTAR, simplemente, en el lugar que por derecho pertenece, sin condicionantes, bien visibles, bien orgullosos. Porque no puede ser de otra manera. No estar como algo "exótico", peculiar, "dando la nota de color" (nunca mejor dicho), como si de un chiste se tratara.
No tolero (y lucho contra ello cada día) el "terrorismo cotidiano" de los pequeños (y a veces grandes y excesivos) gestos, que tiene cada uno que tragar con la justificación de que aquí en España (lo concretizo a España ya que aquí habitamos y bastante tenemos con eso) no hay una "larga tradición inmigrante" y la gente "no está acostumbrada". Esto hace que, dependiendo en qué sitios y con qué personas, debe uno enfrentarse a amables ignorancias o a grandes imbecilidades.
Odio que nos diferencien y odio que nos igualen porque no soporto las generalizaciones y soy de la opinión de que cada persona es un mundo, independientemente de las "etiquetas" que le hayan caído en suerte.

Pero todo esto da igual. Porque no soy AFRO.

No pienso que esto sea una cuestión de racismo-negro o racismo-blanco, ya que me consta que muchos de esos afros son hijos, maridos, esposas de blanc@s y sería un contrasentido por su parte, y por la mía plantearlo siquiera así.

Puedo incluso justificar que mi presencia activa no sea del todo admisible (o bien vista) por el qué dirán, que, de alguna manera, reste credibilidad a las reivindicaciones por todo lo antes expuesto.
Entiendo incluso la rabia, la ira (porque yo misma también la siento, unida a la vergüenza, aunque sea de una manera diferente).
Comprendo incluso la creación, e incluso la defensa, de espacios propios por miedo a que estos puedan ser de alguna manera "colonizados" y pierdan parte de la esencia que los quiere caracterizar. Pero a mí no me interesa "colonizar", no es esa mi necesidad ni mi afán como blanca. Me interesa aprender y ejercer una solidaridad horizontal (que no vertical ¡cuidado! porque aquí estriba la gran diferencia), caminar a la par.
Tal vez yo debiera respetar esto y mantenerme a una prudente distancia, pagando mi cuota de deuda histórica heredada, porque se supone que no es mi lucha y sería mejor quedarme en el lado que me corresponde (o el que me han asignado).
Pero no me da la gana, oigan.

Y menos aún me da la gana de que sea por el mismo motivo por el que se "combate". Porque me niego a creer que no hayamos aprendido nada de toda esa Historia pasada y presente que hace que precisamente estemos aquí y ahora como estamos. Porque para mí la "exclusión amable" o de retaguardia no es una opción ni un camino.

No pretendo "ejercer de blanca" (en tono peyorativo) ni ser parte de la cuota - Benetton, ni ser portavoz más que de mí misma...Sólo quiero PARTICIPAR, como uno más, en lo que creo y por lo que lucho. No voy a pedir permiso ni tampoco disculpas por ello. No pienso hacerlo ni tengo por qué.
Quizás esté equivocada ¡vaya usted a saber! pero esto es lo que hay, le pese a quien le pese: una responsabilidad y un compromiso por mi parte, no una simple cuestión de cabezonería.

Así que ahora, después de haber soltado todo este discurso para poner en claro mis ideas, que son toda una declaración de intenciones, me pregunto: ¿QUÉ SE SUPONE QUE ES SER AFRO?¿UN AFRO NACE O SE HACE?.

Podemos entender, como parece lógico, que un AFRO es toda aquella persona de ascendencia negra (¿y por qué no también los de descendencia negra?)y con piel en las distintas tonalidades claro-oscuras de este color.
¿Por qué no usar entonces NEGRO, en vez de AFRO?
Quisiera decir al respecto que conozco a muchas personas que encajarían perfectamente en esta definición pero a quienes se la trae al pairo (e incluso más abajo) eso de ser/sentirse AFRO, reafirmarse, reivindicarse como pueblo o como raza o como quiera usted llamarlo.
¿Entrarían, a pesar de su negación (o precisamente por ella), en esta definición?.

¿O podemos entender, por el contrario, lo AFRO como una especie de filosofía de vida, una voluntad, una reivindicación asumible por todo aquel que consciente y comprometidamente así lo decida?.

En la primera definición no encajo para nada, no hay más que verme, pero la segunda...¿también me excluye?.

Y pregunto esto con toda la consecuencia ya que no es ni la primera ni la segunda vez que, tras leer algo que he escrito, y sin conocer nada más que mis palabras y forma de expresarlas, algún desconocido se pone en contacto conmigo de "hermano afro-cano" a "hermano afro-cano" "que luchamos juntos en la misma batalla".
Entonces...si mis palabras te parecen lo suficientemente AFRO para reconocerme como a un igual en la misma "batalla" ¿qué es lo que cambia cuando digo que soy BLANCA y encima mujer?.
Silencio administrativo (y del negativo, encima).

Seguimos poniendo fronteras: NOSOTROS - VOSOTROS - ELLOS.
¿Eso es avanzar: seguir el mismo patrón de siempre al derecho, al revés, a lo converso y a lo inverso?¿Enrocarse en un pronombre personal y defenderlo por encima de todo?.

Cada uno es, por supuesto, libre de elegir dónde posicionarse o dónde no hacerlo o de, incluso, no posicionarse en absoluto.

Yo elijo estar en el NOSOTROS, en el VOSOTROS y en el ELLOS. Así sin más (y sin menos). Blanca y todo.

martes, 4 de noviembre de 2014

FRONTERAS I

Ellos. Nosotros.
Palabras - frontera.
Nosotros. Ellos.
Posiciones que crean barreras.
Ellos.
Nosotros.
No Unos. Sino Otros.
(¿No se puede estar en ambos?)
Fogonazos de lucidez.
O unos.
U otros.
Yo quiero ser todos...